Gracias Señor por el triunfo Imprimir Correo electrónico

Por José F. Troyano    
Ahora, que los científicos han observado una tercera España más grande que las dos que se venían observando durante el siglo veinte, que la juventud no tiene complejos y que la roja gana de azul, para mayor obsolescencia de las dos Españas y quizás como síntoma de alguna disfunción neuronal, salir al extranjero ya no es lo mismo y ganar un mundial, tampoco.

 

Antaño, el extranjero era un no lugar. (Aunque visto desde el extranjero, España era un no lugar.) Después de ganar un mundial de baloncesto, siendo tradicionalmente un país de bajitos, y ahora de fútbol, la normalización de la autoimagen a la que estos logros conducen conlleva la desaparición de los milagros y la devaluación de las gestas heroicas. Sin ninguna duda, el gol de Iniesta en la final del Campeonato Mundial de Fútbol vivirá en la memoria de los españoles que ahora son adolescentes o mayores, pero el mismo gol hubiese producido hace cuarenta años mucho más que una explosión generalizada de alegría y una feliz confirmación de la calidad del equipo nacional: una gesta comparable a las de Cid Campeador, Pizarro, Don Juan de Austria y demás héroes patrios, que se hubiese revestido con el manto de la sacralidad y convertido en un milagro, un suceso trascendente, una prueba, no de nuestra calidad coyuntural sino de la justicia universal.


Supongo que cada vez hay más argentinos que, como españoles, alemanes o checos, se preguntan qué les ha dado Diego Armando Maradona, mal embajador de su República, para disfrutar de ese crédito aparentemente ilimitado en su país. Quienes se plantean tal cuestión no comprenden lo que el pibe hizo por Argentina en 1986: no tanto liderar a la selección que resultó campeona como recuperar el honor nacional frente a Inglaterra, a la que se ganó por 2-0, con goles del pibe-dios, uno para disfrutar por su extraordinaria calidad deportiva y otro para sacralizar, pues los comentaristas argentinos sentenciaron que se había conseguido con intervención divina (la mano de Maradona era la mano de Dios). En el caso español, con un país integrado en Europa, una juventud sin complejos, unos éxitos en diferentes deportes, ganar un mundial de fútbol no tiene más significado que el de un deseado logro deportivo. Me alegro de que así sea, por Iniesta, por el equipo y, sobre todo, por los españoles.

Quizás por eso, medios y público han planteado otras cuestiones, paralelas o esenciales. ¿Quién ha ganado: España, el equipo nacional, la selección española, la roja, la azul y grana o, simplemente, el buen fútbol? De todas las respuestas posibles, la última me parece la menos acertada; no porque discuta que el fútbol del ganador haya sido bueno o haya sido el mejor, sino porque la competición enfrenta a equipos que representan a países o estados y, cuando así ocurre, las cuestiones estéticas y éticas ceden a las nacionalistas: lo primero es ganar (si es jugando bien, mejor). Se comprende que a la selección no se le haya llamado la azulgrana, como hubiese sido más acorde con sus colores, pero las demás omisiones huelen poco deportivas, (me parecen a mí, al menos) influidas por lo que (supongo) quieren evitar: la identificación nacional en beneficio de una identificación distinta y mayoritaria.

¿Será éste el principio del fin del nacionalismo deportivo? Si hablamos y escribimos  una y otra vez sobre el pasado mundial de fútbol es porque se ha ganado y porque ello alegra más a quienes se sienten identificados con el ganador que a los aficionados, que deberían alegrarse siempre que gane el mejor, quienquiera que sea. La identificación permite diferentes mecanismos. En un concurso de belleza, por ejemplo, puedo subordinar mi nacionalismo al desigual atractivo de los/las concursantes, y en una competición deportiva por equipos nacionales puedo identificarme con uno no por representar a mi nación sino a mi club (muchos españoles que iban con Holanda en 1974). Si la bandera española cambiase sus colores, no es probable que aunase más identificaciones. Ganar, en cambio, sí es importante para el nacionalismo, en el campo de batalla y en el terreno deportivo. Me alegraré, pues, porque la victoria haya sido principalmente deportiva, ni heroica ni sagrada, protagonizada por un puñado de deportistas no endiosados.
© Cuadernos de Jazz, 2010